Estar de acuerdo con Dios

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Pablo no anduvo con rodeos cuando habló de la lucha entre la carne y el espíritu, pero reconoció la tensión entre el «ya» y el «todavía no». Escribió a los Gálatas: «Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu». Pero a los romanos y a los Efesios, Pablo les escribió que nuestra lucha diaria contra el pecado implica crucificar continuamente a la carne, es decir, la naturaleza pecaminosa.

Así que fuimos crucificados con Cristo cuando nos convertimos en creyentes, pero todavía tenemos que crucificar nuestra carne cuando el egoísmo intente controlar nuestra vida. ¿Cómo lograrlo? Al estar de acuerdo con lo que Dios dice de usted.

El orgullo, la culpa, la vergüenza, el miedo y la duda pueden inundarnos y confundirnos. Cuando estamos bajo condiciones de estrés, podemos olvidar las verdades que Dios ha dicho que son para nosotros. La Biblia describe nuestra identidad de muchas maneras maravillosas: hemos sido escogidos por Dios para ser sus hijos amados, estamos inscritos en la palma de su mano, hemos sido maravillosamente creados, Él nunca nos dejará ni nos abandonará, por lo que estamos seguros de su amor, Dios nos ama tanto como ama a Jesús, somos más valiosos para Él que las estrellas en el cielo.

Cuando contamos con Jesús para que nos perdonara e hiciera una criatura nueva, obtuvimos una nueva identidad, una nueva naturaleza y un nuevo destino. Aún más, Dios inyectó su ADN espiritual en nosotros. Juan lo describió de esta manera: 

«Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él, no puede practicar el pecado, porque ha nacido de Dios. Así distinguimos entre los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que no practica la justicia no es hijo de Dios, ni tampoco lo es el que no ama a su hermano».

No es que no podamos pecar, sino que ya no podemos contentarnos con el pecado en nuestra vida. Ya no pertenecemos al pecado. Muchos no creyentes son muy felices en sus caminos pecaminosos, pero ningún hijo de Dios es feliz cuando vive en pecado. El Espíritu de Dios nos convence, nos hace sentir incómodos, arruina nuestro sueño y nos llama para que volvamos al amor, a la alegría y a la obediencia de ser un hijo amado.

Guiados por su Espíritu  

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